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Las aventuras de una estudiante de Comunicación Audiovisual en una pequeña ciudad del norte de Alemania
Ya estoy empezando mi segundo día en Wilhelmshaven. El martes tuve un duro día, tras coger dos aviones, un autobús y tres trenes. Llegué a esta ciudad, por no llamarla pueblo, a las 20:18 hora local. La fama de la puntualidad alemana no es infundada, llegué exactamente a la hora prevista. Allí estaba Lea, mi compañera de piso, con Maria, la vecina del 1º izquierda. La estación de tren no está lejos de mi casa (y menos mal!) porque iba cargada con dos maletas de ruedas, una mochila que pesaba 3 toneladas, el abrigo y dos sacos. El camino de la estación a casa transcurre por calles peatonales repletas de locales comerciales y restaurantes. Las bicis campan a sus anchas y están aparcadas en todas partes. Mi casa es de color amarillo, tiene tres pisos, un patio trasero (con una barbacoa, una mesa grande y bancos), un garage y una cueva donde está la lavadora común. Lea, Nawel (aún no la conozco, llega el sábado), y yo vivimos en el 1º derecha. Maria vive enfrente. La casa está reformada y es bonita. La cocina está bien, aunque nos falta sitio para la despensa. El baño es pequeño, pero suficiente. Mi cuarto está completamente desangelado. La casera sólo me ha proporcionado una cama individual, una mesa y un armario de esos cutres que sólo tienen una barra ( y encima está rota) que se abre con una cremallera y las paredes son de un tejido finito que se rompe con mirarlo... Por ahora tengo la ropa en la maleta, pero la semana que viene iremos a Ikea (Lea tiene coche:) que está a una hora en tren, media hora en coche, y compreré una estantería o algo barato para colocar la ropa. Por ser la última en llegar, me ha tocado el peor cuarto. Es un poco más pequeño, pero eso no me importa, porque no tengo muchas cosas con que llenarlo. Pero lo peor es que está en sentido norte, lo que significa que hay menos luz y por lo tanto, más frío que en los de mis compañeras. Espero que cuando llegue el invierno, con la calefacción no se note esa diferencia. Ahora hace frío, voy por la casa con jersey y bufanda. El sol no brilla, se intuye, porque hay una manta de nubes que impide saber su posición exacta.
Lea va a un curso preparatorio, antes de empezar la carrera (empieza este año) y se va temprano y llega sobre las 4 a casa. Así que aproveché la mañana para ir a comprar todo lo que no he podido traer conmigo. El super está bastante cerca y en bici se hará en un pis pas. Los supermercados en alemania son una perdición (al menos para mí). Según entras con tu carrito ( no hay cestas pequeñas de ruedas, sino grandes carros tamaño familia numerosa) el primer pasillo -y de paso obligatorio- son filas y filas de dulces, chocolates, galletas, bollos (de los de repostería)... Hice verdaderos esfuerzos por no comprar un bote de nutella enorme o una bolsa de Gummibärchen (o sea, gominolas de ositos). Me he propuesto firmemente no engordar un tercio de mi masa corporal, como me ha ocurrido todas las veces que he venido a este país. La verdad es que el caso no es tan grave como el de gran bretaña, en el que no encuentras verdura fresca en los supermercados. Aquí la fruta y la verdura es abundante y bastante asequible. Me ha sorprendido ver que todos los productos, tienen al lado su análogo, pero de agrícultura ecólogica. Volví a casa a dejar la compra y me fui a pasear por el centro. Ayer fuimos a cenar Lea, Maria y yo con las 3 vecinas de abajo (bajo derecha), no recuerdo sus nombres, pero eran tres chicas rubias, de tez casi translúcida (más que yo!!). Esta casa es como la de “Aquí no hay quien viva”, pero todos somos jóvenes y la mayoría estudiantes. Por ahora, las chicas que he conocido son muy jóvenes y empiezan este año la carrera. Tienen entre 19 y 20 años, así que voy a tener la extraña experiencia de ser la más mayor de la pandilla.
Al parecer lo de cocinar en grupo y ver la tele después, es una costumbre que creo que va a repetirse al menos una vez a la semana, y rotando las casas y las cocineras, claro! La verdad es que después del día tan largo, solitario y aburrido que tuve, fue muy agradable charlar con alguien. Estoy volviendo a recordar las normas sociales alemanas. Ayer aprendí (otra vez) que la gente se da la mano al presentarse. Yo, claro está, les planté un beso en cada mejilla, con la consecuente sorpresa por su parte. Y es que en general, incluso las personas más jóvenes, no se tocan mucho, ni demuestran signos de afecto. Son tremendamente correctos y educados. Estuve observando mucho y entendiendo las diferencias y equivalencias con lo que estoy acostumbrada. Hablan de cosas sencillas y cuentan anécdotas graciosas y, como era de esperar, hablan mucho de sus novios o exparejas. Al contrario de lo que mi madre opina, ayer, en un periodo de dos horas, me dieron datos suficientes como para concluir que las cinco chicas tienen o han tenido relaciones heterosexuales. ¡Y eso que las conversaciones fueron absolutamente superficiales! Todavía estoy tanteando el terreno, y no me atrevo a decir nada que pueda alarmar o crear prejuicios imborrables. ¡Quién me iba a decir a mi que a estas alturas iba a tener que plantearme los dilemas típicos para salir del armario! El caso es que el único elemento realmente prescindible que me he traído, es una bandera gay, que tengo escondida precisamente en el armario, a la espera de poder liberarla/me. Por ahora lo único que he leído/escuchado al respecto, es que los y las alemanas son bastante abiertos y respetuosos. Sin ir más lejos, el alcalde de Berlín dijo abiertamente que es gay y todavía no le han destituido. El caso es que ayer viendo un capítulo de Anatomía de Grey con mis vecinas y compañera de piso, tuve la oportunidad perfecta para observar sus actitudes hacia la homosexualidad. Resulta que uno de los pacientes de Grey tenía un tumor en el cerebro y se estaba muriendo. Su novio que era militar, al igual que él, le besó en los labios, justo cuando el padre del enfermo, que no aceptaba a su yerno, entraba en la habitación. Justo en ese momento, una de mis vecinas del bajo dijo: Schrecklich!, que como su propio nombre indica, significa: ¡Qué horrible! Algunas risitas nerviosas y poco más. Visto lo visto, voy a esperar un poquito a que me vayan conociendo y luego ya les diré mis aficiones. Y con esto, me refiero, no sólo a mis artes amatorias, sino también a mi gusto por el porno queer, el feminismo, el activismo político, etc, etc, etc.
Gracias Diego por el pisco, gracias Bárbara por la percusión, gracias Bernardo por los helados que se me olvidó sacar pero que disfrutamos toda la familia, gracias Raquel por la copa de luna, gracias Fernando por prestarme la luz y el proyector, gracias Platero por las fotos, gracias Alba por preparar el espacio, gracias mamá por costear el alcohol y la comida y por ser tan estupenda, gracias Blanca por la comida, gracias Rebeca por el dvd de L Word y por la vela y el cuaderno, y gracias a todas por venir.
Aquí os dejo algunas fotos de la fiesta. Si alguien hizo más que me las envíe, por favor, que no tuve tiempo de hacer ni una.
¡Os quiero!